Cuento: El encuentro.

Edad recomendada: Desde los 7 años en adelante.

“Las mariposas bailan al compás de las nubes y la sangre se derrama al azar, sólo una es escogida por el destino, sólo las verdaderas se encontrarán para cantar, la oscuridad tiene el mango del poder, mientras que las flores se abren en la colina de cal.”

Existe un Templo de la Sanación que se encuentra junto a un parque resguardado como sagrado. Un sitio en que puedes encontrar un compañero de vida. Seres con los que tu espíritu se encuentra unido de algún modo inexplicable, casi como una extensión de tu ser. Animales que nacen y mueren al mismo tiempo que uno. No todas las criaturas tienen uno, sin embargo, algunos sí… y como por cada mundo hay al menos tres mundos paralelos… A pesar de no haber un compañero de vida por cada criatura existente, siguen siendo muchos.
Y así, un día una pequeña can observa con pesar como el cuerpo de su hermana desaparece en luces de colores que se elevan al cielo. Nunca más la volvería a ver, su espíritu se había desvanecido… igual que el de sus hermanas que también murieron ese día.

—Esto me preocupa, ha muerto toda la camada en un día… Significa que… —Dice una gran Osa, al tiempo que mira a la única sobreviviente.
La pequeña, tímida y temblorosa baja las orejas asustada: ¿también morirá? ¿Y no harán nada?

Un grupo con túnicas se alejan tras dejar comida diferente en variados recipientes en el límite del bosque…
Y la cachorra de lobo observa alrededor, pensativa… sus hermanas habían muerto por una razón desconocida y todo parece indicar que la siguiente es ella. Si sus muertes son porque el compañero de vida murió… la única forma de salvarse sería, salvar a su compañera espiritual.
—Debo irme.
—¿Cómo? —Pregunta un animalillo que cuelga de un árbol.
—No puedes irte, existen muchos peligros en los alrededores del bosque, por eso la gente del templo nos cuida. —Explica una lechuza con ojos tan brillantes como faroles.
—¿Y esperar mi muerte? ¡Tengo que encontrar a mi compañero o compañera antes de que la quieran matar y salvarme yo misma! —Grita y corre desesperadamente, dejando a todos sus amigos preocupados y a los otros extrañados por la huida de la última cachorra blanca de la camada.
—Yo… Me pregunto si pensó que su compañero puede no estar en nuestra dimensión… —comenta un pequeño erizo antes de volver a ser un ovillo.
La pequeña can, luego de recorrer varios kilómetros y cruzar un río, bajó la velocidad, no sabía realmente que camino tomar pero, si sabía que el bosque estaba lleno de demonios, indígenas y seres de miedo. El sol comenzaba a esconderse por lo que, en el hueco de un viejo y seco árbol se escondió y allí, acurrucada se puso a pensar y pensar en cómo podría hacer para encontrar a ese ser que estaba unido a su espíritu del que no sabe nada.

JULIO- 1992
El auto del matrimonio Kai Andrade se detiene en lo alto de una montaña, y los mellizos Oni y Hisae se pelean por asomarse a ver por la ventana la gran cruz que se alza frente a ellos. Si no fuera porque el asiento de bebé de la pequeña Yuu se encuentra ubicado junto a la otra puerta, los mellizos no harían tanto ruido.

—Niños, dejen de discutir, ya llegamos y podrán ver todo. —Regaña Liliana.
Al ser el país natal de su madre, cada cierto tiempo los niños viajan al Chile para visitar a sus abuelos y conocer poco a poco las bellezas del lugar, aunque poco han de recordar al ser aún tan pequeños. En esta ocasión visitan la ciudad de San Antonio, y por insistencia de su madre, el atractivo Mirador Cristo de Maipo. Donde encuentran una imponente escultura de Jesús crucificado, desde ahí tienen una vista de toda la tranquila ciudad Puerto. Los niños corren para observar mejor el cristo vigilados por mamá, mientras Yuu queda en manos de su padre Kazuo quien se ha sentado en una banca de cemento.

Oni y Hisae son muy parecidos físicamente, el mismo color de cabellos, tamaño, nariz y labios rosados. Pero, su personalidad y gustos son otra cosa. Mientras Oni analiza la estatua que se encuentra mirando la ciudad, Hisae la imita y observa el ancho del río, la casas y plazas que se ven y el puente que cruzaron desde la casa de veraneo que arrendaron.
—Mira mamá. Por allí pasamos hace poco. —Dice acercándose al borde del mirador.
—No te alejes tanto —Indica ella, preocupada por la ausencia de cercas o barandas que eviten un accidente.
—¿Por qué hay un hombre colgado de las manos? —Pregunta Oni, curioso por la extraña imagen en exposición.
—Ese es Jesús, el hijo de Dios. ¿Recuerdas que tu abuela te habló de él? —La mujer responde contenta, ya que por su crianza es muy cristiana y desea transmitir aquellas creencias a sus hijos.

En tanto Oni escucha como la madre le cuenta sobre la escultura y las otras que podrán apreciar al bajar el cerro caminando, hasta llegar a una gruta donde podrían ver a una virgen bien adornada…. Hisae decide explorar obligando a su padre a ponerse en pie y seguirla. Aunque atrasa un poco los pasos al dudar en si llevar a la bebé en sus brazos o si dejarla con su esposa e hijo. Hace esto último.
El hombre largo y pacífico camina con ambas manos en los bolsillos viendo como su hija avanza por un camino de tierra que da la vuelta al cerro, oliendo flores silvestres, observando los árboles que crecen a pesar de la sequedad en la tierra, y cuando ya esta un poco lejos recién voltea para sorprenderse con la figura del hombre a sus espaldas.
—Papá! —grita— Me asustaste.
—Eso te pasa por no ver a tus espaldas. —Ríe con ganas, invitándola a seguir el camino y comenta—Este lugar es interesante.
—Me pareció ver un gato oscuro, pero ya lo perdí. —Comenta, buscando entre unos arbustos que crecen en el cerro.
—Quizás está más adelante. Tienes tiempo de encontrarlo, aún no es hora de comer. —Dice él, observando su reloj de muñeca.

Ante esto, los ojos de la niña brillan como nunca y corre con ganas por el camino hasta encontrar al curioso animal lamiéndose sobre una roca; un gato salvaje de dos colores, de esbelto cuerpo y cabeza ancha. Éste, al verlos vuelve al camino y se aleja consiguiendo que la pequeña se emocione aún más y lo siga. Corre por el camino y suben por una pequeña colina que la lleva a una planicie de tierra y rocas. Concentrada en seguir a la pequeña criatura Hisae apenas logra ver dónde inicia una arboleda y sin notar la piedra con que tropieza, rueda por el piso.
El sollozo que inicia es instantáneo, y entre lágrimas llama a su padre que no llega por más fuerte que grita. El gato la observa antes de perderse entre los árboles como quien se burla de su lentitud.
—Aaaag, que malvado. —Reclama con un puchero, mientras acaricia el gran raspón en su rodilla.
Un frío recorre su espalda al reaccionar en que rápidamente ha disminuido la luz en el cielo, de hecho… éste se ve bastante oscuro.
—¡Papá, Oni! —Exclama, pero nadie responde y no ve el paisaje de montañas por el que llegó.

Confundida, la niña se abraza a si misma y camina siguiendo el camino del gato montés que la guio hasta allí… Escucha que algo o alguien se acerca, por lo que se apresura pensando que encontraría al animal, no obstante, se sorprende y espanta cuando lo que ve es un peludo ser de filosos dientes que le gruñe sin razón.
¿Habré hecho algo malo? ¿Lo asusté? ¿Querrá comerme?

Todas estas preguntas se hace la niña mirándole con pavor, más aún cuando este se coloca en posición de ataque. Al mismo tiempo que se abalanza sobre ella, ésta comienza la huida a toda la potencia que dan sus pies, cual milagro, antes de ser alcanzada una alborotada mancha blanca se arroja sobre el animal salvaje y lo muerde en el lomo. Era la pequeña loba blanca que salió en busca de su compañera de vida. Defendiéndose, la bestia se desprende de la cachorra con facilidad.
Aunque Hisae nunca vio esto, pues siguió corriendo asustada de morir. Perdida en la oscuridad del bosque la niña se movió entre los árboles y se escondió en un gran matorral de hojas castañas con frutos desconocidos para ella. El animal peludo y grande pasa corriendo cerca de ella, buscándola, pero sin encontrarla aunque olfatea el camino… Hisae guarda silencio y espera un rato antes de volver por el mismo sendero recorrido, queriendo encontrar a su padre, a su madre o al menos a su hermano por algún lado. Pero lo que ve es al pequeño animal que la defendió levantándose del piso con dificultad.

—Pobrecita, ¿te ha herido el mismo animal que me quiere comer? —Le pregunta, levantándole la cabeza con esfuerzo.
La pequeña gruñe mirando a través de Hisae, entonces la niña reacciona a una respiración agitada en su espalda… Lentamente voltea para observar, cual película de terror, los brillantes ojos de su enemigo.
—¡¡PAPI!! —Exclama pidiendo auxilio, sin soltar a la loba que aprieta sus colmillos enfocando a su enemigo.
Aquella debía ser, analiza la loba, esa horrible criatura enorme era la razón de que sus hermanas hubieran muerto, no se rendiría. Aunque fuera más grande y fuerte, no moriría sin pelear. Después de todo… que la matase a ella o a la pequeña el resultado sería el mismo.

La niña se encoge cerrando los ojos para dejar aquel espectáculo de horror a sus pequeños oídos nada más.
Un golpe seco, dos fuerzas estrellándose, un gruñir lejano, el sonido de los matorrales, alguien se aleja… y por último, la grave y tierna voz de su padre.
—Todo está bien, ya te encontré.
Al abrir los ojos, nada podía ser mejor que ver la amable sonrisa del hombre.
—¡Papi! —Solloza abrazándolo y dejándose consolar mientras cuenta lo sucedido— Un perro gigante me atacó… quería comerme papi. Tenía mucho miedo.
—Mientras estés cerca mío nada te pasara, hija, no tengas cuidado.
La mirada del hombre se enfoca en la cachorra que, junto a ellos, se encuentra respirando con dificultad.
— ¿Qué tienes allí? —Pregunta curioso.
—Un perro-lobo —Sonríe secando sus ojos con la manga y acariciándola— Quiso protegerme del perro-monstruo. ¿Podemos llevarla con nosotros?

El hombre la mira en silencio un momento, y acaricia el cabello de su hija antes de responder.
—Está bien, pero no le cuentes a tu madre lo que acaba de pasar —Sonríe colocándose de pie—Ya veré que le invento a ella.
—¡Gracias papá, eres el mejor! —Exclama abrazando con fuerza al animal que por respuesta le lame el rostro.

El hombre extiende su mano hacia la niña para que camine junto a él sin perderse, y así avanzan hasta el limite del bosque con la planicie, donde para extrañeza de la niña, esta última se ve difusa entre el paisaje del bosque. Su padre la toma en brazos para caminar directo hacia la borrosa imagen y le hace un gesto al animal para que lo siga. Entonces, el sol vuelve a estar en lo alto… y el paisaje de rocas y arena se ve claramente.
—Papi, ¿no es de noche?
—No, sólo son los árboles que no te dejaban ver el sol. —Explica el hombre con una sonrisa, corriendo con la niña en brazos hasta el camino que los llevaría de vuelta al cristo.
—Papá, mi amiga no puede correr. Hay que cargarla. —Dice la niña, aleteando para bajar hasta ayudarla.
El hombre sonríe enternecido al ver como la pequeña se esfuerza por tomar a su amiga en brazos, aunque fuese tan larga como ella e incluso más pesada. Luego de reír un rato al verla caminar con tanto esfuerzo, decide tomar al animal y así caminar junto a la niña apresurando el paso para llegar justo a tiempo para ver al resto de su familia subiendo por el camino de tierra de regreso al punto de partida.

—¿Dónde estaban ustedes? —Pregunta el hombre acariciando el cabello de su hijo.
—Bajamos hasta la gruta de Lourdes, qué traes contigo. Espero no quieras adoptarlo. —Advierte, pensando en lo complejo que sería hacer un viaje de vuelta a su hogar en Japón, contando con una mascota.
—Mamáááa, por favooor. —Comienza Hisae, sin perder un minuto para insistir.
Y al ver la cara de entusiasmo de Oni frente a tan peludo, y animado animal, la mujer decide que es mejor conversarlo solo entre adultos, por lo que pide silencio de inmediato dando una orden decisiva: Corran al auto ahora, y quizás lo piense entonces.

Los mellizos dejaron polvo tras ellos y cruzaron el mirador en dos tiempos con tal de quedarse con la mascota nueva. Ésta se bajó de inmediato de los brazos del padre para seguir a su compañera de vida, no fuese a perderse de su vista. Por lo que, horas más tarde estaban en la casa de verano, descansados y recién alimentados, cuando los adultos acostaron a la pequeña Yuu y dejaron en pijama a los niños, con la orden de dormir y la promesa de que al día siguiente habrían decidido si la “supuesta perra” sería adoptada por ellos o dejada en el museo de la ciudad, el que cuenta con un Centro de Rescate y Rehabilitación de Fauna Silvestre.
—¿Y qué nombre tendrá? Podría ser Flama— Propone Oni y por parte de la lobita se oye un gruñido.
—Creo que no —Sonríe Hisae —¿Arco iris? ¿Ciruela, Dulce?
La mascota gira la cabeza despectiva.
—Colmillos… —Dice el chico, y al animal se le eriza todo el pelo del lomo— ¡Bestia, Grundo, Bulto, Satanás, Sarna! —Propone Oni causando horror en la cachorra que gruñe y también en su dueña.
—Basta, no seas tonto— Hisae golpea al niño con un almohadón.
—No se me ocurre nada mejor. —Reclama el chico, quién se levanta para cerrar la ventana y bloquear la brisa fría del mar.
El paisaje desde el cuarto es hermoso, una playa con olas que van y vienen, bajo el cielo estrellado del verano y una hermosa luna que alumbra la arena suave de Santo Domingo. Una estrella fugaz cruza el cielo y Oni grita “Hay que pedir un deseo”.

Cual visión la niña recuerda como corría pidiendo auxilio cuando conoció al animal. Ella, esa pequeña can era su deseo hecho realidad, el deseo de una estrella.
—Estrella… —Murmura y mira a Oni con una sonrisa, luego a la cachorrita que la mira confundida— Porque eres mi estrella de la suerte. —Dice, sosteniendo su rostro con ambas manos.
Entonces la loba lame su rostro y pasa su hocico por la mejilla de Hisae como quien cierra un trato.

—Está bien, me gusta ser tu estrella, y tu serás la mía. Porque desde hoy nos cuidaremos juntas. —Afirma, aunque la pequeña Hisae no puede entenderla.