Cuento: Yanara y el espejo de hielo.

Edad recomendada: Desde los 8 años en adelante.

 

Se dice por ahí que estando juntos los copos de nieve forman un gran enjambre, pero, ella por supuesto, es la abeja blanca más grande de todas. A veces, la Reina de Nieve revolotea por la ciudad con la forma de algún ave, mira a través de las ventanas y estas se llenan de hielo formando extrañas figuras.
Se piensa que puede congelarte el corazón, el alma, y/o llevarte para vivir eternamente en su castillo de hielo… No obstante, ¿alguna vez te has preguntado cuál es su pasado? ¿O cómo llegó a ser una mujer de hielo?
Yo sí. Antes de morir y olvidarlo todo, me lo pregunté muchas veces…
¿Pude haber hecho algo diferente y cambiar su destino?

***

Alphonse y yo nos comprometimos un año antes de hacer ese viaje y decidimos que lo ideal sería pasear dos meses antes de la boda. Fuimos a un centro de esquí que lucía un remonte instalado hacía pocos años. Fue su regalo de bodas para mí, le había contado que desde siempre quería ir a las montañas nevadas, era casi una necesidad en mi corazón y por ello -supongo- que sentía que este iba a estallar de emoción cuando bajamos del tren y pude ver la cordillera. Esta se alzaba majestuosa con sus picos blancos como las nubes.
El pueblo más cercano estaba lleno de locales con artesanos dispuestos a conquistar a los turistas con sus trabajos. La plaza de armas tenía bancas de metal y variadas flores adornando las esquinas, la gente paseaba montados sobre sus caballos y todos parecían muy amables. Fue una tarde muy romántica para nosotros, en la que buscamos el humilde hotel en que teníamos reservación, un lugar rústico, pero limpio, con dos dormitorios separados donde podríamos descansar a gusto.
Alphonse quería descansar, por lo que tras comer decidió que lo mejor sería que tomáramos una siesta, sin embargo, mis ansias de estar en lo alto de la cordillera, no me dejaba dormir. Estar sentada en mirando por la ventana obedientemente no era lo mío, así que tomando una de las esquelas que estaba en el escritorio le escribí una nota: “Salí a dar una vuelta, volveré antes del atardecer”.

Entré con cuidado en su cuarto y la dejé junto a sus llaves, supuse que sería la forma más segura de que la viera.
Así, anudando mi abrigo al cuello, salí con un jolgorio que casi me hacía saltar como una niña. Caminé por el pequeño y helado pueblo, recorrí algunos puestos de artesanías, me compré una bella pulsera y seguí subiendo por las coloridas calles hasta llegar a la montaña. Encontré un sendero de tierra que imaginé me llevaría hasta el centro de esquí, fui observando el paisaje, tan absorta que no me di cuenta de que el sendero tenía más de un camino y me adentré en las montañas, alejándome del gentío. Me senté un momento a sentir la nieve, con ella hice una figura que poco a poco tomó forma de pájaro. Sonriendo por la divertida figura que dejé en el camino seguí subiendo, hasta cansarme y notar que estaba muy lejos de mi destino. Decidí que lo mejor era volver, pero una suave ventisca se llevó mi bufanda. Corrí tras ella y cuando la recogía, una figura blanca se formó de repente y saltó sobre mí, cual espectro escuché una voz gutural que me espantó, caí de espaldas al intentar apartarme y grité de miedo.

***

Hace cientos de años, en un pequeño pueblo a los pies de la cordillera se encontraba un rústico hogar muy particular. El matrimonio que allí vivía tuvo dos niñas, Inara y Yanara, ambas con una belleza inusual, de aquella que no es superficial y brilla tanto que a los ojos de cualquiera eran hermosas. Además, en sus corazones habitaba la magia permitiendo que pudieran ver cosas que otros no podían, como si quien le hablaba estaba mintiendo o cual hierba haría mejorar a tal enfermo, incluso tenían sueños premonitorios y encontraban fácilmente objetos perdidos, sin importar su tamaño. Todo esto las hizo muy conocidas en el pueblo.
Con los años, una de ellas empezó a brillar menos que la otra; Yanara, estaba tan encandilada observando a su hermana mayor, que no lograba darse cuenta de que también era deslumbrantemente hermosa y generosa. Fue así, que intentando destacar y alejándose de su propia luz, comenzó a ser aún más generosa y amable, pero, por las razones equivocadas. Buscaba agradar a todos los que conocía para conseguir que la aplaudieran y celebraran.
Un día soleado, ya habiendo cruzado la pubertad, a los pies de la pequeña se estrelló un gran trozo de vidrio el cual supo era mágico por la energía que emanaba de el. Sintió que era su día de suerte, no sabía que aquel era parte del espejo creado por el mismo Diablo y al usarlo para reflejar las cosas vio el mundo con otros ojos. Aunque ella creía verlo más claro, en realidad lo veía totalmente distorsionado.
Llevó el trozo de espejo a su casa, donde se jactó del descubrimiento con su hermana; pero, ella, en lugar de ponerse celosa lo miró curiosa por mucho rato y lo analizó, al notar su efecto frunció el ceño y lo alejó. Advirtiéndole sobre la maldad en su interior, le pidió que no lo usara, incluso propuso ayudarla a deshacerse de él. Yanara lo tomó mal.
—No quieres que sea mejor que tú, sientes envidia —acusó enfadada e ignorando la preocupación de su hermana, quien lejos de reconocer el gran hallazgo insistió en pedirle que se deshiciera de él.
—No sabemos su origen, puede ser peligroso —insistió la mayor y trató quitarle el trozo del espejo.
En el forcejeo algo terrible ocurrió. El objeto cayó, golpeándose en el suelo y un fragmento se desprendió saltando hacia la pequeña.
—¡Ay, mi ojo! —exclamó y sintió una punzada hundiéndose en su corazón.
Pestañeó tres veces intentando sacarlo, mas, al observar a su hermana pudo darse cuenta de lo que había pasado, ya que en primera instancia no la veía, y al esforzarse reaccionó en que Inara, era tan pequeña como la maldad en su interior.
El espejo incrustado, hacía sus travesuras…
—¿Estas bien? Yanara lo siento, déjame mirar —pidió.
Ella se negó y guardó silencio. No quería que Inara supiera que, ahora, llevaba consigo la magia del espejo, por lo que, tras pensar unos segundos, dijo:
—Tienes razón. Sacaré el vidrio de la casa, podría provocar problemas.
Dicho esto, esquivó cualquier pregunta de sus padres y se internó en la cordillera, pero, en lugar de deshacerse del espejo lo escondió en una cueva a la que volvió al día siguiente y varios días después sin que descubrieran que tenía aquel mágico trozo de espejo. Fue así que, sin notarlo, su corazón se fue enfriando gracias al cristal incrustado en su ojo.
Concentrada en compararse con Inara, la envidia de Yanara creció con los años, aún más potenciada por la magia de aquel espejo, el cual se dedicaba a destacar y aumentar cualquier rasgo negativo que los observados pudiesen tener. Por eso, la joven buscó obtener más y más poder mágico, con tal de encontrar la manera de demostrarle al mundo que su magnificencia era incomparable con su hermana y con la de cualquier otra persona en el pueblo que pudiese brillar: la señora que siempre llevaba comida a los más pobres, el señor que visitaba a los enfermos o que el médico que usaba su tiempo libre para visitar a las personas más pobres sin cobrar, etc. Con el tiempo no sólo había logrado ahuyentar a todo pretendiente que sus padres llevaban a casa, también encontró una manera de cumplir su deseo usando el mismo trozo del espejo, pues este, siendo creado por el Diablo, podría tener parte de su poder… y con esta teoría en mente, llevó a cabo un ritual entre las montañas, en un lugar apartado, en completa soledad. Cortó un buen trozo del espejo y subió a lo alto de la cordillera en busca de un lago encantado. Allí, bajo el reflejo de la luna, a las tres de la madrugada, sostuvo el trozo entre sus manos, a la altura del pecho. Recitó una plegaria para absorber su energía, provocando que el fragmento se incrustarse en su cuerpo y de inmediato se posicionó en su corazón. Sus ojos oscuros se volvieron azules como el lago y brillantes como el reflejo del espejo. De su aliento comenzaron a brotar pequeños copos de nieve, tan blancos como el marfil.
Muchas lunas después, consiguió ser más poderosa y al mismo tiempo, más solitaria. No entendía cómo los demás podían ser felices frente a un mundo tan lleno de fealdad. Sus frases hirientes alejaron a su familia, amigos y también al pueblo… Así pasó de ser una adorable niña a una mujer solitaria que se exilió a sí misma a un lugar perdido de la montaña, para ayudar a quienes en ella se perdían o quienes la buscaran para solicitar y celebrar su poder. Sus padres, todas las semanas le llevaban alimento, el cual dejaban colgando de la rama de un gran árbol ubicado en la orilla de la montaña, pues no sabían exactamente cómo encontrarla. Otros la llamaron para que volviera al pueblo, Inara -enfadada por el dolor que veía en sus padres- la acusó de haber jugado con aquel extraño espejo, pero, sin las pruebas no se atrevió a intentar algo para que recuperará su alegría, y de todos modos, Yanara no quiso su ayuda.
Para ella, todos eran personas horribles, por eso, nadie pudo presenciar cómo su piel se cristalizó o su cabello aclaró hasta quedar inmaculadamente blanco… Pasaron los años, la gente fue envejeciendo, nuevos niños nacieron, el pueblo fue cambiando y ya nadie recordaba a la pequeña que se le enfrió el corazón. Solo sabían de un cisne que de vez en cuando ayudaba a los necesitados y se dejaba admirar por aquellos que buscaban descubrir los mitos que surgieron a raíz de sus actos o la aparición de una dama de blanco que cual fantasma algunos vislumbraron entre las montañas. Más tarde se hablaba del fantasma de una bruja blanca que al envejecer fue alimento de aves carroñeras y que su alma siguió deambulando para el pesar de los viajeros.

***

Los fríos labios de la dama blanca apartándose de mi frente con lentitud, hicieron que reaccionara en que antes de caer en el ensueño una figura espectral me había espantado. Ahora estaba sobre la nieve de la montaña, y la mujer con delicado cabello blanco y ojos brillantes me observaba fijamente. Aquel beso lento y fugaz trajo a mí un sinfín de recuerdos que aún no podía procesar, así como no sabía en qué momento llegué a estar en medio de árboles, nieve y montaña.

Su cuerpo de hielo, cegador y centelleante tenía algo similar a la vida; sus ojos brillaban como límpidas estrellas que me observaban con un resentimiento inimaginable. Me odiaba, me odiaba tanto que dolía.
—No hay nadie, sin embargo, me entregué a todos —susurró con tristeza la dama blanca—. ¡Siempre les di todo de mí! ¡Los ayudé, los cuidé, los llené de regalos! —gritó y una ventisca nevada me cegó por un momento.

Mi mente confusa me decía que aquella dama era la pequeña Yanara, el fantasma de una joven que siglos atrás era amable… Otra parte de mí, me hizo pensar en aquel clásico cuento de una mujer de nieve. Frívola y solitaria, que lleva consigo a quien la ha visto. ¿Acaso, yo iba a desaparecer también? Aunque lentamente intenté alejarme, ella se acercó y con sus dedos tocó mi mejilla. Sentí como mi cuerpo dejó de tiritar, ya no me afectaba el frío.
Muda, cubrí mi rostro con la mano escuchando como repetía, “No hay nadie, no hay nadie, les di todo y no hay nadie”. Su voz ahogada me entristeció, después de todo… la sentía una hermana.
—¿Qué… qué quieres de mí? Di-dime, qué puedo hacer. —Pregunté temblorosa, y ella estiró su mano hacia mí. Cuál invitación. —No, no puedo quedarme contigo. —Dije, pero no me moví.
—Quédate conmigo. —dijo, y negué… lloré y volví a negar.
—No puedo, no puedo. Yo no soy Inara… —respondí, con la voz entrecortada. Entonces cogió mi mano con fuerza.
—No puedes dejarme otra vez.

Forcejeé hasta soltarme y corrí, pero sentí como la nieve empezaba a elevarse con el viento.
—¡No soy Inara, lo siento, tengo a alguien que no puedo dejar! ¡Lo siento!
—¡Hermana, no me dejes! —insistió y la ventisca se intensificó mientras yo huía.
Me dolió recordar aquella vida, la nostalgia al extrañar a mi hermana, las búsquedas alguna vez hechas y la resignación. Una vida que ya no era mía, pero que sentía como si lo fuera. Su pena, la soledad que vi en sus ojos y el cariño que le tuve. Sin embargo, no podía detenerme me dio miedo olvidar a mi familia, a mi novio como decían los cuentos, o volverme de nieve como ella. No quería quedar atrapada en aquella frialdad.
Con los gritos se provocó la caída de una gran cantidad de nieve, y aunque corrí lo más rápido que pude esta pequeña avalancha me atrapó llevándome con ella y arrastrándome. Obstinada, me mantuve lo más a flote que pude, corriendo si mis pies tocaban el piso, y rodando, finalmente llegué a la falda de la montaña.
Algunos aldeanos, llegaron corriendo a socorrerme. Me llevaron a un sector más cálido y asegurando que tuve suerte de no quedar hundida en la nieve, me facilitaron una manta.  Yo creo que fue obstinación.
La tarde ya había caído, Alphonse seguro estaría muy preocupado por mí. Tras agradecer a los aldeanos por ayudarme y guiarme hasta la plaza central, tomé rumbo hacía el hostal, sin darme cuenta de que, a pesar de estar toda mojada, no sentía el frío apoderándose de mi piel. El matrimonio dueño del hostal, al ver la palidez de mi cuerpo y la humedad de mis ropajes y cabellos, me convencieron en tomar un baño de agua caliente. Mi único deseo era hablar con Alphonse de lo que había ocurrido, pero él había salido a buscarme cuando el sol se puso. Por lo que lo mejor sería obedecer y esperar.
Doblé mis ropas y las dejé sobre un cesto de mimbre antes de entrar a la ducha. Mientras me jabonada, seguía pensando en la imagen de las hermanas interpretando magia juntas, su risas y cariño… sentí pena por Yanara, luego recordé más detalles de cómo se distanciaron, el autoexilio de ella con sus palabras hirientes. Una sensación negativa seguía en mi estómago, un miedo inexplicable, nada estaba bien, no era normal recordar otra vida, tampoco que un espectro blanco me capturase en las montañas. ¿Acaso había sido un extraño sueño?
Luego de ponerme la ropa de dormir y una bata fui en busca de Alphonse, pero no respondió al llamado en su puerta. Hablé a recepción y los amables dueños me respondieron que aún no regresaba. ¿Le habría pasado algo o se habría entretenido por ahí?
Me quedé junto a la ventana observando la calle, esperando que apareciera. Quise salir de nuevo, sin embargo, supuse que si volvía y no me encontraba se molestaría y podría dudar de que en realidad haya vuelto he ido por él… Di varias vueltas en el cuarto antes de saliera el sol, finalmente me dormí esperando…
En mis sueños veía a Alphonse caminar por las calles del pueblo y gritar mi nombre, luego llegaba al lago donde estaba la pequeña Yanara observando su piel pálida que se cubría con escamas de hielo, ella lloraba y mi novio se acercaba a consolarla. Entonces ella se convertía en un ser inmenso de nieve que, cual Yeti y se abalanzaba sobre él para destruirlo con sus enormes garras. Desperté ahogando un grito de terror, me envolví con el cobertor de la cama como si aquello fuese a quitarme el miedo y me serví un poco de agua de la jarra que habían dejado sobre el velador.

Volví a marcar a recepción:
—Disculpe, quisiera saber si el señor Alphonse habrá avisado su regreso.
—Lo siento, señorita, aún no ha regresado. —Dijo el hombre, y un silencio incomodo surgió antes de que me cortara.
Intenté cerrar los ojos otra vez, pero, cada vez que lo hacía veía a la reina de las nieves acosando a mi novio. Finalmente, los rayos del sol que atravesaron la ventana y el trinar de unos pajaritos me hicieron reaccionar en que ya había amanecido.
Corrí al cuarto vecino y sentí pánico cuando nadie respondió del otro lado de la habitación. Las imágenes de mis pesadillas me acosaban.
Volví a mi dormitorio pensativa… esa sensación de angustia en mi pecho seguía allí. Algo le sucedió, algo muy malo. Me vestí en menos de cinco minutos, bajé a toda velocidad por las escaleras, salí del hostal y corrí por las calles del pueblo buscando con la mirada, en cada esquina me volteaba a observar todo. Cuando miré hacia la cordillera un escalofrío recorrió mi espalda.
¿Y si no fue una pesadilla? ¿Habrá sido algo real?
Quería olvidar ese tenebroso episodio, pero, mientras no lo encontrase, mejor creerlo. Fui directo hacia el sendero, debía corroborar que Alphonse no estuviera allí, con ese monstruo. Tenía que comprobar que solo fue una alucinación, sin embargo… allí estaba mi prometido. Junto al inicio del camino lo encontré, toda su altura estaba sucia y mojada, incluso sus cabellos, bigote y barba tenían barro, como si hubiera hecho un gran recorrido.
Me observó un poco atontado antes de abrazarme…  lo sentí diferente. Inmediatamente le dije que debía contarle algo, pero me interrumpió diciendo que había visto a la mujer de las nieves y que inevitablemente la siguió.
—Lo importante es que estás bien —dije, acariciando su fría mejilla, y su mirada estaba perdida. Un extraño brillo en uno de sus ojos llamó mi atención, pero rápidamente desapareció.
—Lo siento… lo siento —repitió y mis entrañas se apretaron. Me explicó que solo venía a despedirse, pues era su esposo.
Me paralicé, sentí que me dejaban caer encima un balde de agua fría. No tardé tres segundos en gritar sin sentido y empezar a cuestionar sus palabras.
—¿En tan solo un día me olvidaste? —Pregunté sosteniendo su mano. Pero su mirada era inmutable—.  ¡No es cierto!
—Sí, lo es.
—No tienes anillo, no puede ser cierto.
—Es otro tipo de unión.
—¡Despierta! ¿No me amas, más?
No tenía arrepentimientos siquiera en su postura… nada.
—Perdóname… —Dijo.
Su corazón era de ella. Comprendí que era su venganza.
Yanara había anidado un odio del pasado contra mí. Me odiaba y no quería estar sola… Ahora, yo lo estaría.
Me llené de tanta ira que mi cuerpo se volvió tan frío como el clima a mi alrededor y corrí directo a las montañas, sin detenerme a pesar que Alphonse comenzó a seguirme. cuando me alcanzó con sus grandes zancadas, sostuvo mi brazo con fuerza.
—Déjame Alphonse.
—No, irás por ella.
—Claro que sí.
—No te dejaré. No debes hacerlo.

Protegía a Yanara, una bruja, de la humana que yo era… me enrabió aún más, pero, entendí que era más fuerte que yo y me rendí. Me dejé caer sobre la nieve, cabizbaja, frustrada, con los ojos llenos de lágrimas… Me observó un momento antes de convencerse de que no insistiría y oí los pasos del amor de mi vida alejándose.
Yanara rápidamente demostró lo débil del amor que Alphonse y yo nos teníamos, había logrado alejarlo de mí y destrozar mi corazón en miles de pequeños pedazos. “Me habrá hecho un favor, quizás”, me dije, pero seguía doliendo, seguí sintiéndolo injusto… aquel dolor intenso apenas me dejaba respirar y, secando las lágrimas con el dorso de mi mano, decidí que no, no me iba a rendir así de fácil ante una pequeña caprichosa. Si Yanara reconocía en mí a su hermana, ¿podría ser que no solo soy una reencarnación de ella?”, me pregunté… ¿podría ser que yo era en esencia la misma mujer? y cerré los ojos para escuchar el viento, percibir el aire y recordar. Debía ser fácil considerando que pisaba la misma tierra en que siglos atrás vivieron las dos pequeñas hermanas mágicas.
Entonces, mis lágrimas se volvieron copos y luego hielo antes de caer sobre la nieve.
—Lo que hizo no tiene perdón —me dije y al oírme en voz alta más creció la furia en mí—. Tiene que deshacerlo. No hay otra opción.
Mis primeras lágrimas habían hecho una pequeña poza de agua, donde vi mi reflejo y el de Inara al mismo tiempo. Quizás, tenía algo de culpa en todo esto por no prestar suficiente atención a mi hermana pequeña, sin embargo… ella decidió su camino y no dejaría que arrastrara a Alphonse con ella.
Me puse en pie y limpié mi frente. Concentrada en el mantra, “va a deshacerlo, aunque yo desaparezca en el intento”, mientras me dirigí al remonte, una atracción turística que estaba a unas horas de comenzar a funcionar. Me monté e inmediatamente comenzó a avanzar más rápido, mientras más me cargaba en la silla, este parecía avanzar más y más veloz. De algún modo, luego bajar del remonte y de mucho correr por la nieve, llegué hasta la laguna ubicada en lo alto de la montaña. Allí el cisne blanco me esperaba y junto a este, mi amado observándola cual zombi.
—¡Maldita bruja, libéralo ahora mismo! —exigí, pero solo tomó su figura humana y sonrió con suficiencia acariciando el cabello de mi prometido con sus dedos.
—Mujer orgullosa, ¿quién es más amada ahora?
—Él no tiene nada que ver contigo y tus caprichos. Suéltalo, déjalo ir —insistí, tomando aire para inflar mi pecho y resoplar.
De mi aliento, comenzó a salir un aire cada vez más fuerte que entre giros y giros lograba hacerla perder el equilibrio.
—¡Jamás! —Exclamó colocándose delante de él evitando que me acercase— Si lo quieres, ya sabes qué hacer —dictaminó y lanzó un copo de nieve de entre sus dedos.

Pude ver un destello cuando la luz del sol le dio y rápidamente los desvié agitando las manos para dirigir los vientos. Aún así no dejé de acercarme con firmeza, la alejaría de él a como dé lugar.
—No caeré en tu error, Yanara, no seré víctima de ese vidrio extraño. —Le dije, acercándome con la mirada fija en sus ojos.
—Y por eso has perdido la batalla. —afirmó, envolviendo su cuerpo en una elegante capa de nieve gruesa y blanca que surgió de sus manos cual acto de ilusión.
Una tormenta comenzó a generarse a nuestro alrededor impidiéndome seguir, y un trineo dorado surgió de entre los muchos copos de nieve. La imagen fue hermosa y frustrante al mismo tiempo.
Ambos se montaron en él y aunque llamé fervientemente a Alphonse, este no apartó su mirada de la belleza inusual de la mujer que lo guiaba. Intenté correr hasta ellos, pero el viendo no me permitió alcanzarlos.
—¡Alphonse! —grité con rabia, y con tanta potencia que el lago ubicado atrás de mí se congeló.
La punta de mis cabellos, se tornaron blancas como el marfil y los vientos surgidos de mi aliento parecían darle más velocidad a su huida. El carruaje se elevó hacia las nubes, con la dama blanca que lo dirigía destacando cual abeja reina. Al voltear para verme, esbozó una maléfica y satisfecha sonrisa.
Él nunca miró hacia atrás.

Ella se lo llevó con tanta facilidad, que dolía demasiado.

¿Alguna vez se han preguntado, dónde está el castillo de la reina de las nieves? Yo sí, hasta ahora me lo pregunto constantemente… Si has oído algún rumor o tienes alguna pista, por favor contáctame.

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