EN EL MUNDO DEL RELOJ

Mis clases de Alemán iniciaban a las 8 con 15, ni un minuto antes, a lo más un minuto después. Para llegar a estas, debía tomar un tren que partía a las 7 con 25, ni un minuto antes, ni un segundo después, de lo contrario debía esperar media hora y no llegaría con tiempo a Berna para caminar hasta el instituto. Para poder hablar con algún amigo -gracias a la diferencia horaria-, tenía que conectarme a la internet a eso de las 6. Por todo lo anterior, fue que me hice de una rutina mañanera que aún, algunos días cuando me levanto de madrugada, suelo extrañar:

Al abrir las persianas, mi amada noche aún estaba ahí; entonces abría la puerta del cuarto con temor pues, ocasionalmente una tarántula se paraba frente a la puerta a dar los buenos días;  lo siguiente era cerrar la puerta del cuarto vecino para no despertar a nadie, tras lo cual me recostaba en el cálido piso del baño como un gato encaprichado. En vista de que el Otoño allá es más frío que nuestro Invierno, las capas de ropa al vestir me hacían sentir como un capullo reforzado sin gorro (no encontraba que quedará bien). Si bien podía escoger un té, una sopa, un yogurt, el emparedado era siempre el mismo y con ese desayuno empezaba a conversar con uno o más amigos, que sabían a esa hora podrían encontrarme, o responder los correos que mis amigas habían enviado durante su tarde. Esta era mi rutina, la cual se cortó aquel día en que, por razones emocionales, desee estar en casa, poder aclarar cosas que nublaron la visión de personas que me importaban. Fue tal mi distracción que, no vi el reloj hasta que ya faltaban pocos minutos para que el tren saliera de la estación… ¡Y yo aún en casa!

En tres tiempos apagué el ordenador y tomé la mochila para correr a la salida, donde dejé las pantuflas, cogí los zapatos prohibidos al interior del hogar y me los acomodé a tras pies cruzando el jardín; Para mi suerte, allá nadie asegura las puertas, por lo que solo debía seguir. Abrochar la chaqueta ya era preocupación para después. Con la nariz congelada, me detuve frente a la casa de la esquina. Si quería dar esa maratón debía abrochar mis zapatos, acomodar los guantes para no congelarme los dedos y la bufanda para no congelarme la nariz. Para mi suerte algo de los rayos de luna alumbraban esa tenebrosa escalera que nacía en la casa esquina, escalera que me ahorraría minutos en bajar. Lo más rápido que pude sin rodar, seguí el camino hasta llegar a la falda de la colina, desde allí se podía ver la estación del tren y el mismo que ya se había estacionado. Con el corazón acelerado y llena de terror, observé que las barras que detienen a los vehículos empezaban a bajar, por lo que no me detuve a respirar y corrí, y sorprendiéndome a mi misma descubrí que podía hacerlo y agacharme sin chocar ni tropezar con los rieles. La mochila cual volantín se elevó todo el camino colgando de mi mano, como si bailara escuchando la alarma que anunció que las barras de detención aún estaban abajo y que las puertas del tren se cerrarían; pero aún estaban abiertas, por lo que salté para subir al andén (dar la vuelta correspondiente no me daría tiempo) y la advertencia del sonido cumplió su amenaza, al mismo instante que puse el segundo pie en el piso. Como acto reflejo verifiqué mi mochila, la cual dio su respectivo rebote contra las puertas cerradas: suspiré y caí, agotada sin aire, sobre mis rodillas.

Una vez aliviada, con los pulmones llenos miré alrededor: ¿Alguien lo habrá notado?— me pregunté,— Esta debe ser Chilena, estarán pensando. —Me dije y aunque ya todos estaban en sus puestos y esperé unos segundos como quien espera terminarse un cigarro… Al entrar en el vagón peinando mi cabello, tímida, con los dedos, sentía que esas pocas miradas me observaban diciendo para sí: “Esta chica toda acalorada, corriendo atrasada, debe ser extranjera”.

Desde aquel día, mi rutina se volvió sagrada y la puntualidad, una costumbre arraigada, aprendida a punta de taquicardia.

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